Rol de las Ballenas en la Regulación del Carbono Oceánico y la Fertilidad Marina

Editado por: Olga Samsonova

Investigaciones científicas actuales reafirman el papel esencial de las grandes ballenas en la gestión climática natural del planeta. Estos cetáceos funcionan como sumideros biológicos de carbono eficientes, impactando las concentraciones atmosféricas de dióxido de carbono (CO2). A lo largo de su vida, un solo ejemplar de gran ballena puede secuestrar aproximadamente 33 toneladas de CO2. Este carbono se inmoviliza durante siglos cuando el animal muere y su cuerpo se hunde hacia el lecho marino, un proceso conocido como "caída de ballena" que deposita el carbono en los sedimentos profundos.

La influencia de las ballenas se extiende a través del mecanismo denominado la "bomba de ballenas" o "cinta transportadora de ballenas", destacado por biólogos marinos como la Profesora Heidi Pearson y Joe Roman de la Universidad de Vermont. Este proceso implica que, mediante sus movimientos y excreciones, los cetáceos reciclan nutrientes esenciales, como el nitrógeno y el hierro, desde las profundidades hacia las aguas superficiales. Esta fertilización superficial estimula la fotosíntesis del fitoplancton, los microorganismos que absorben grandes cantidades de dióxido de carbono atmosférico.

Estudios recientes, incluyendo análisis de la Universidad de Washington y publicaciones en Nature Communications, detallan que los aportes de nutrientes no se limitan a las heces; la orina, la piel desprendida y las placentas también son vehículos de elementos cruciales. Especies como las ballenas francas, grises y jorobadas transportan anualmente cerca de 4,000 toneladas de nitrógeno hacia zonas costeras tropicales y subtropicales con escasez de recursos. Joe Roman denomina esta movilización de nutrientes la "gran cinta transportadora de ballenas", considerándola fundamental para la productividad oceánica y el sustento de la cadena alimentaria, incluyendo peces y tiburones.

La sobreexplotación histórica ha disminuido drásticamente esta capacidad ecológica. Investigaciones indican que la caza de ballenas ha reducido el transporte de nutrientes a un tercio de su potencial original. Un estudio de 2010 sugirió que un siglo de operaciones balleneras industriales removió 23 millones de toneladas de CO2 de los ecosistemas marinos, y que las poblaciones actuales solo almacenan un 15 por ciento de lo que secuestraban antes de la industria ballenera. De hecho, la pesca, incluida la caza de ballenas, ha liberado a la atmósfera al menos 730 millones de toneladas de CO2 desde 1950, una cifra equivalente a las emisiones anuales de 188 centrales eléctricas de carbón.

La recuperación de las poblaciones de cetáceos se presenta como una estrategia clave para potenciar la capacidad natural de almacenamiento de carbono del planeta. El Fondo Monetario Internacional (FMI) estima que si las ballenas regresaran a sus números previos a la caza, se podrían capturar cientos de millones de toneladas adicionales de CO2 anualmente, un efecto comparable a la adición de 2 mil millones de árboles. Este entendimiento subraya la interconexión entre la salud de los ecosistemas marinos y los esfuerzos globales para la mitigación del cambio climático. No obstante, algunos análisis, como el del científico Olaf Meynecke de la Universidad Griffith, advierten que la contribución al flujo global de carbono podría ser mínima para alterar significativamente la trayectoria climática, aunque reafirman su importancia ecosistémica.

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Fuentes

  • icohol.com

  • vertexaisearch.cloud.google.com

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