Francia Integra la Música Electrónica en su Patrimonio Cultural Inmaterial: Un Gesto de Pertenencia Colectiva

Autor: Inna Horoshkina One

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En ocasiones, ciertas noticias trascienden la simple clasificación de género; hablan directamente del derecho fundamental de una cultura a mantenerse viva y vibrante. En la mañana del 17 de diciembre, la Ministra de Cultura francesa, Rachida Dati, formalizó la inclusión de la música electrónica francesa dentro del Inventario Nacional del Patrimonio Cultural Inmaterial.

Es fundamental ser claros en este punto: esta designación no significa relegar la música electrónica a una pieza de museo. Por el contrario, el Estado ha reconocido que la escena de clubes, los estudios de grabación, las emisiones radiales, los festivales y las comunidades tanto de artistas como de oyentes constituyen una práctica transferible. Se trata de un arte rítmico vivo que moldea activamente la identidad nacional y fomenta la conexión humana.

¿Qué se ha reconocido exactamente con esta incorporación? El alcance es vasto y supera con creces un sonido único. Abarca un panorama cultural completo, desde los primeros experimentos con instrumentos electrónicos hasta el fenómeno conocido como French Touch. Este movimiento se define más por su procedencia geográfica y su escena cultural que por un único molde musical preestablecido.

La trascendencia de este acto va mucho más allá de un mero trámite burocrático. Dicho reconocimiento oficial aporta beneficios tangibles, ayudando a salvaguardar y apoyar todo el ecosistema de la música electrónica. Esto incluye los locales a nivel local y nacional, eventos específicos, programas educativos, esfuerzos de archivo y la crucial transmisión de conocimientos entre generaciones. Además, este paso podría allanar el camino para una futura postulación ante la UNESCO, una posibilidad que ya se había barajado en Francia con anterioridad.

En el contexto europeo, se observa una tendencia creciente hacia este tipo de validación patrimonial. Un paralelo frecuente que se establece es el caso del techno de Berlín, que Alemania incorporó a su propia lista nacional de patrimonio inmaterial. Aquella decisión reconoció cómo la cultura de baile y la electrónica se habían integrado profundamente en el tejido social y urbano.

Esta reciente medida añade un matiz profundamente auténtico al panorama sonoro global. A escala nacional, valida oficialmente que la manera en que las personas bailan, se congregan en la madrugada, siguen a sus DJs y comparten un compás colectivo es un valor digno de preservación y fomento.

El entorno sonoro del planeta se siente, por consiguiente, ligeramente más equilibrado. Se produce una reducción marginal de la división artificial entre la cultura considerada “alta” y la catalogada como “menor”, lo que conlleva un mayor respeto por aquellos espacios donde la gente simplemente se conecta a través del ritmo.

Esto simboliza un avance más hacia una verdad sencilla pero esencial: aunque nuestros gustos puedan divergir, podemos mantenernos unidos mediante un ritmo compartido. Cuando una sociedad deja de clasificar la música de forma rígida como “arte elevado” o “marginal”, se desvanece la máscara de la división. Lo que perdura es el ritmo, el pulso colectivo y la presencia compartida en la experiencia.

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