Baño Tibio Nocturno: Estrategia Fisiológica para Mejorar el Sueño y la Longevidad

Editado por: Olga Samsonova

Existe un consenso científico creciente que avala la práctica de una ducha o baño nocturno con agua tibia, idealmente entre una y dos horas antes de conciliar el sueño, como una estrategia accesible y potente para fomentar la longevidad y optimizar el estado de salud general. El cardiólogo Aurelio Rojas destaca esta rutina como fundamental, señalando que facilita un descanso superior al aprovechar mecanismos intrínsecos de la fisiología humana para mejorar la calidad del reposo nocturno.

El fundamento biológico de este beneficio reside en la termorregulación inducida por el calor. El cuerpo requiere una ligera reducción de su temperatura central, de 0,5 a 1 grado, para iniciar el proceso de sueño. La exposición al agua caliente, específicamente a temperaturas entre 40 y 42,5 °C, provoca una vasodilatación significativa en los vasos sanguíneos cutáneos. Este fenómeno vascular facilita la expulsión eficiente del calor acumulado desde el núcleo corporal hacia el ambiente circundante, lo que resulta en el descenso necesario de la temperatura central, una señal primaria para iniciar la somnolencia.

La sincronización de este ritual es crucial para maximizar sus efectos positivos en el ciclo circadiano. Expertos sugieren que el momento óptimo para la inmersión o ducha es aproximadamente 90 minutos antes de apagar las luces, permitiendo que el cuerpo complete su enfriamiento gradual. Revisiones sistemáticas, como un metaanálisis de 17 estudios publicado en 'Sleep Medicine Reviews' en 2019, han demostrado que seguir este protocolo reduce la latencia del sueño en un 36%, además de incrementar la eficiencia general del descanso y la percepción subjetiva de la calidad del sueño.

La mejora en la arquitectura del sueño se traduce directamente en beneficios tangibles para la longevidad y la prevención de patologías crónicas. Un descanso optimizado fortalece la capacidad del sistema inmunológico y contribuye a la disminución de los procesos inflamatorios sistémicos. Además, este proceso termorregulador estimula la liberación de melatonina, la hormona esencial que orquesta el ritmo circadiano, mientras que simultáneamente ayuda a mitigar los niveles de cortisol, la hormona asociada al estrés.

La implicación de este hábito trasciende el mero descanso, vinculándose a la salud cardiovascular y la función cognitiva. Al promover un sueño más profundo y reparador, se apoya la regeneración celular y se mejora la consolidación de la memoria. El cardiólogo Rojas enfatiza que este sencillo acto puede ser un pilar para vivir "más y mejor", reduciendo potencialmente el riesgo de afecciones a largo plazo. La vasodilatación periférica, que iguala la temperatura entre las extremidades y el tronco, se correlaciona fuertemente con la propensión a quedarse dormido, haciendo de la inducción activa de este enfriamiento una herramienta proactiva para sincronizar el reloj biológico.

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Fuentes

  • El Periódico Mediterráneo

  • Vanitatis

  • El Confidencial

  • PubMed

  • HOLA

  • elEconomista.es

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