El arte culinario como espejo y regulador del bienestar emocional: La perspectiva de Elizabeth Bronfen

Editado por: Olga Samsonova

La reconocida culturóloga Elizabeth Bronfen ha presentado recientemente un trabajo de carácter innovador que invita a reinterpretar profundamente el proceso de la preparación de alimentos. Su enfoque establece un vínculo intrínseco y significativo entre el acto de cocinar y la gestión de las experiencias emocionales más profundas del ser humano. Esta perspectiva va mucho más allá de la simple provisión de un conjunto de instrucciones o recetas; más bien, ofrece a quienes cocinan una herramienta práctica y metafórica, una suerte de mapa detallado para navegar y comprender sus propios estados anímicos a través de la expresión de la creatividad culinaria. El postulado central de Bronfen se basa en la idea de que la meticulosa selección de los ingredientes, aunada al ritual envolvente de la preparación, está inexorablemente ligada y es un reflejo directo del temperamento y el estado psíquico actual de la persona.

En su análisis, Bronfen propone la existencia de platos específicos diseñados para contrarrestar o complementar distintos "paisajes emocionales" que experimentamos a diario. Por ejemplo, el plato de Orzo de Limón con colinabo y ricota es destacado por la autora como un recurso culinario que ofrece consuelo y alivio en aquellos periodos marcados por el tedio o la melancolía. Este ejemplo refuerza la tesis fundamental de que la alimentación posee la capacidad de funcionar como un instrumento sumamente poderoso para lograr la armonización del mundo interior. Esta conexión profunda entre la dieta y la psique no es meramente conceptual, sino que está firmemente respaldada por hallazgos científicos. Lo que introducimos en nuestro organismo modula de manera directa los complejos procesos químicos que tienen lugar en el cerebro, ejerciendo una influencia decisiva sobre los neurotransmisores que regulan tanto nuestro estado de ánimo como la vitalidad y el nivel de energía que experimentamos.

Es fundamental comprender que la composición de nuestra dieta tiene un impacto directo en la neuroquímica. Una alimentación conscientemente equilibrada, caracterizada por ser rica en vitaminas esenciales —especialmente las del grupo B y la vitamina C—, así como en minerales cruciales como el potasio, el magnesio y el zinc, estimula la producción interna de aquellas sustancias que son responsables de generar sensaciones de alegría, calma y bienestar generalizado. En este contexto, la preocupación por la nutrición trasciende su función básica de satisfacer una necesidad biológica. Se transforma en un acto deliberado de autocuidado y, en última instancia, en un verdadero ejercicio de autosuperación o autoconstrucción. Por lo tanto, la manera en que percibimos y experimentamos la comida está determinada no solo por la compleja bioquímica interna, sino también por una serie de factores psicológicos profundamente arraigados.

Los aspectos psicológicos y sensoriales juegan un papel determinante en la experiencia gastronómica. Los colores vibrantes utilizados en la presentación de los platos, tales como el rojo intenso y el naranja cálido, tienen la capacidad intrínseca de estimular el apetito y la excitación, mientras que las paletas de colores más frías, como los tonos verdes y azules, suelen ejercer un efecto notablemente más tranquilizador y sedante. De igual modo, los aromas se configuran como poderosísimos activadores de la memoria y las emociones. El inconfundible olor del pan recién horneado, por ejemplo, puede desencadenar de forma instantánea una sensación de confort y seguridad hogareña, mientras que la frescura de las notas cítricas se asocia con la activación de la claridad mental y la concentración. Los expertos en la materia sostienen que la práctica de la alimentación consciente (mindful eating) constituye un método sumamente efectivo para tomar las riendas del propio estado psicológico, facilitando que el individuo pueda experimentar cada momento de su vida de una forma más integrada, plena y armoniosa.

En resumen, la propuesta de Bronfen y la evidencia científica convergen al señalar que la cocina es mucho más que una necesidad; es un lenguaje emocional. Al elegir qué comer y cómo prepararlo, estamos, en esencia, dialogando con nuestro yo interno y tomando decisiones activas sobre nuestro bienestar. Este enfoque nos invita a considerar la mesa no solo como un lugar de sustento, sino como un laboratorio personal de alquimia emocional y gestión del estado de ánimo.

Fuentes

  • Neue Zürcher Zeitung

  • Neue Zürcher Zeitung

  • Blick

  • Thalia

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